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Simplemente Dachau
Se me ocurren tantos adjetivos que no puedo decidir ninguno para titular esta entrada: ¿cómo lo describo mejor? ¿Espeluznante? ¿Horrendo? ¿Inhumano? Eso, sin duda. ¿Aberrante? O quizás todo a la vez.
El viernes estuve junto con dos buenos amigos que vinieron de visita en Dachau, en el primer campo de concentración nazi, es decir, el modelo utilizado para crear, en los 12 años que duró la pesadilla, otros miles de ellos. En la web oficial aparecen los horarios de apertura, de las visitas guiadas, y cómo llegar hasta allí.
He encontrado un texto sobre la impresión que le causó Dachau a otro visitante, y como está muy bien escrita, prefiero enlazarla: se puede leer aquí. No conozco al autor, pero merece la pena perder unos minutos leyendo su texto. Este otro comentario está en inglés, y también merece la pena leerlo.
La verdad es que la visita no nos dejó indiferentes, bueno, a casi todos. Nosotros seríamos unos 30 en una visita guiada en inglés. Y prácticamente cualquiera tenía la cara muy seria, y se nos desencajada de vez en cuando al oir algunas explicaciones o al imaginar en nuestra cabeza lo que leíamos u oíamos. Aunque tengo que reconocer que una persona del grupo no parecía muy afectada; es más - y ruego estar equivocado - parecía ir sonriendo. Supongo que no, que malinterpreté su cara, que ese es su rictus natural y que por dentro estaba tan compungido, o más, que yo.
Y realmente espero estar equivocado. Porque si no es así... porque si realmente hay gente que piensa que esto estuvo bien... porque si esto puede volver a pasar...
Tras el video que vimos, decidimos marcharnos de Dachau, a pesar de no haber estado más de tres horas y no haber terminado de ver la exposición completa: a diferencia de aquellos degenerados, incluyendo esos mal-llamados hombres sabios (médicos, científicos...) que cometieron atrocidades tales que prefiero intentar olvidar, nosotros sí tenemos un límite para soportar tanto dolor concentrado en un único lugar.
Lo que más me ha impresionado de la visita son tres cosas. La primera es obvia, pero se nos olvida: que todo esto ocurrió hace "nada", hace tan solo unos pocos años; no hablamos de gente de la edad media y temerosa del aire que se mueve o del sol que se apaga a medio día; no, hablamos de gente culta, instruida, tecnológicamente avanzada... ¡hablamos de nosotros mismos!.
Pero es que tampoco hablamos de guerra. Equivocadamente, yo pensaba que los campos de concentración (en sus diferentes versiones: de trabajo, de exterminio...) se iniciaron en la II Guerra Mundial. Pero en realidad, Dachau se creó en 1933, bastante antes de la invasión de Polonia. Eso confiere a Dachau - y a todos sus iguales - un halo perverso: puedo entender que, en un ataque de celos, en un momento de locura se cometa un crimen (entenderlo no es compartirlo ni apoyarlo, lo aclaro). En una guerra hay dos bandos, y en la locura de una guerra se cometen barbaries; por supuesto no las apoyo, pero puedo llegar a entenderlo (no, en realidad no puedo entenderlo, y espero que el karma me deje vivir esta vida sin saber lo que es una guerra en mis propias carnes). Pero lo de Dachau - y los que vinieron después - fue premeditado. Fue pensado, estudiado, planificado, medido, esbozado, pincelado, construido y utilizado. Cada habitación, cada metro cuadrado, cada viga de la que colgaba un instrumento de tortura, cada paso que daba un prisionero estaba calculado. Fue a sangre fría. Fue extremadamente cruel, de una crueldad inteligente, dotada de una eficiencia que sólo se puede conseguir dedicando mucho tiempo y esfuerzo a mejorar el proceso en cada paso, hasta llegar a la "solución final". Y lo peor, gente preparada, culta y supuestamente dedicada a ayudar a los demás, realizando actos tan crueles e inhumanos que aún se me humedecen los ojos cuando pienso en ello. Hombres de ciencia, como muchos amigos míos, como yo mismo, realizando actos de una crueldad infinita, y aún peor: amparados en la aceptación del régimen, de millones de personas que dejaron que eso sucediera.
El tercer punto que me ha marcado es la "tira de la muerte" o la "tira verde"; una tira de césped alrededor de la zanja y alambrada, y que los prisioneros no podían pisar, ya que poner un pie en esa franja significaba ser disparado inmediatamente... y que el resto de tu barracón sufriera un castigo (quizás "simplemente" estar 20 horas de pie, casi desnudos, pies juntos, cabeza baja, ojos a 45º del suelo, manos pegadas a los lados, espalda recta, a la intemperie - 20 grados bajo cero o 35 sobre cero; o quizás recibir latigazos mientras los contaban en alemán - y si no sabían el idioma, hasta que se desmayaran; o quizás algúna otra abominación que se le ocurriera al oficial de turno). ¿Cómo seguían los prisioneros en vida? La respuesta es doble: por un lado, deseaban vivir para contar al mundo lo que había pasado. Y por otro lado, se forjó un espírito de compañerismo que les llevaba a ayudarse entre ellos y a aguantar los unos por los otros.
Y pensando en la tira verde, descubrí que en su caso yo no habría tenido la fuerza necesaria para seguir adelante, y que seguramente me habría tumbado por última vez en el césped al poco de llegar. Lo que me hace valorar y admirar a aquellos 32.335 supervivientes que encontraron las fuerzas de liberación de Dachau.
Ojalá esto no volviera a pasar nunca. Ojalá que estos sitios, hoy en día, no existieran (léase Guantanamo).
Soñar es gratis.
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1 comentario
Aunque critiqué la ley de la memoria historica, porque es algo con lo que hay que seguir viviendo, a estos les vendria genial...