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Pelos
Desde que tengo memoria, casi siempre he ido a cortarme el pelo a "mi" peluquería. Lo regentaba un señor mayor (obviamente más mayor según pasaban los años) y en un momento dado se incorporó su hijo al trabajo. Hace unos años, inesperadamente, el padre murió, y el hijo tuvo que hacerse cargo del negocio por si mismo. Fue un palo en todo el barrio, porque todo el mundo le conocía y en cierta forma, al menos para la mitad masculina del barrio, era parte de nuestro círculo de amistades: siempre que ibas te preguntaba por tu trabajo, o por tu familia (se acordaba de cuántos hermanos tenías, y ¡hasta de lo que hacía cada uno!). Esto también lo aprendió su hijo, y realmente es muy agradable dejarse caer por allí. A pesar de la desgracia personal, me alegra que el negocio le va muy bien, ya que mucha gente que se acerca tiene que volver en otro momento porque hay lista de espera.
Me resulta curiosa la relación, implícita, que se formó entre ellos y yo. En cierta forma, cortarse el pelo en otro sitio era como "ponerle los cuernos"
. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que le engañé, y en cada ocasión mentalmente me formaba una excusa - y no porque fuera a tener que ofrecérsela. Normalmente me corto el pelo seis veces al año, al uno y medio, y a los dos meses cuando el pelo vuelve a estar largo para mí (normal para el resto del mundo), vuelta a empezar. La última vez que fui a mi peluquero fue poco antes de venir a Alemania y me lo dejé un poco más largo (no fueran a pensar por aquí que soy un cabeza rapada o algo así!). Y eso fue hace casi dos meses...
En el rato que llevo en esta ciudad he hecho varios safaris por las tiendas, apuntando mentalmente dónde puedo conseguir cada cosa. Leche sin lactosa en el Plus, material de oficina en el Scheider, cosas varias en una tienda de todo-a-1-euro, oficinas de mi banco aquí y ahí, oficina de mi tarjeta de crédito allá, paradas del autobús en esta calle... Y hace un par de semanas añadí un ítem más a mi lista: peluquerías.
He localizado dos (bueno, volviendo a casa hoy he visto otra nueva). La más evidente tiene un gran letrero "todo a 13 euros", y por el ventanal se veían sólo a mujeres. Yo, con mi conocimiento limitado del idioma, he pasado los ojos por todas las letras buscando "hombre", "mujer", "masculino" o "femenino", sin resultados. Por tanto, y ante el riesgo de que se rían de uno por no saber las costumbres del lugar, me propuse acudir a la otra.
La otra peluquería era más pequeña, sin tanto letrero, y bien visible aparecían las palabras "hombre" y "mujer". Así que allá que me he metido. Me ha recibido una chica (griega) joven, a la que tras un "hallo" la he soltado, así, de golpe, "habla usted inglés?". Se ha quedado parada, supongo que eso no es lo que esperaba oir como inicio de un trato comercial, y yo he pensado que lo mismo me decía que no y se daba la vuelta! Así que me he apresurado a sonreír y a decir "¿un poquito?". Ahí ya ha sonreído ella, y me ha respondido que sí. Una chiquilla que estaba por ahí (espero que no fueran sus hijos, porque ella es muy joven para tener los siete que había allí!) le dijo en alemán algo como que no mintiera que sí que sabía (obviamente, cualquier parecido entre mi interpretación de tres palabras que he cazado y la realidad será pura coincidencia).
Sentado mientras esperaba mi turno, se acerca y me pregunta: "¿fashion?" Reconozco que me pilló desprevenido, pero dado que el señor al que estaba atendiendo cuando llegué se marchó con una medio-cresta-rubia, mi respuesta fue un "ne, ne, ne, ne, ne, ne! Simple, very simple!" junto con una cara un poco extraña que espero que no la infundiera miedo!
El siguiente problema fue el tipo de corte. Yo estoy acostumbrado a mi "maquinilla al uno y medio", y claro, pues eso le dije: uno y medio. Me miró asustada y me dijo que no... y como no sabía cómo continuar, acercó el instrumental y me enseñó los accesorios: ¿9 o 12?. Ella me enseñaba los dos peines esos que se montan sobre la maquinilla, y pretendía que eligiera uno mientras los veía; yo, en cambio, intentaba averiguar cuál es el ratio de conversión, porque sinceramente, me parecían iguales. Al final me decidí por el 12. Cinco minutos después, estaba recogiendo el abrigo y preguntando el precio... que han sido 13 euros, como en la otra peluquería, así que tan feliz.
P.D.: Sí, si me compro un cortapelos lo amortizo en dos veces, pero soy de los que opinan que los peluqueros también tienen que comer.
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1 comentario
Suerte!